El «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha» (1617), recreación quijotesca de Francisco de Ávila

El Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila[1], y la comedia Don Quijote de la Mancha, de Guillén de Castro, constituyen las primeras adaptaciones teatrales de la novela cervantina. Si en su publicación el entremés se adelantó un año a la comedia (aquel apareció en 1617 en la Octava Parte de las comedias de Lope de Vega, mientras que esta saldría en 1618 en la Primera Parte de las comedias de Guillén de Castro)[2], en cuanto a su redacción la obra de Guillén es anterior, pues sus estudiosos la sitúan en torno a 1606-1608. Por lo que respecta a la génesis del entremés, hay tres detalles que me inclinan a pensar que, aunque dramatiza sobre todo un pasaje de la Primera parte del Quijote, debe de ser posterior a 1615:

1) las varias alusiones al encantamiento de Dulcinea que, como sabemos, es un motivo muy importante en el Quijote de 1615, desarrollado a partir del capítulo 10;

2) la burla final del entremés, en la que la moza de la venta representa el papel de Dulcinea, que recuerda la situación similar en el palacio de los duques;

y 3) un detalle textual, el chiste con superlativos en –ísimo, que evoca —claramente en mi opinión— un pasaje muy concreto de ese bloque en el palacio de los duques, concretamente del capítulo II, 38 (más adelante en una próxima entrada volveré sobre esta cuestión). Sea como sea, estas dos obras, la comedia de Guillén y el entremés de Ávila en el teatro breve, vienen a iniciar un camino de recreaciones dramáticas del Quijote que resultará muy productivo en esa misma centuria del XVII (baste recordar El curioso impertinente, también de Guillén de Castro; El hidalgo de la Mancha, de Matos Fragoso, Diamante y Juan Vélez de Guevara; La fingida Arcadia, de Tirso; la perdida Don Quijote de la Mancha de Calderón…) y también en las siguientes.

En las próximas entradas me propongo estudiar la comicidad escénica y verbal del entremés, además de apuntar algunos datos acerca de la construcción dramática del personaje de don Quijote. El entremés, obvio es decirlo, incide en la interpretación cómica habitual en el siglo XVII, cuando la novela cervantina es leída mayoritariamente como una obra paródica «provocante a risa»[3] y don Quijote es entendido como una figura ridícula[4].


[1] Citaré por la edición de Carlos Mata Induráin, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha», en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre 2005, pp. 935-945, con algún ligero retoque. Las citas del Quijote serán por: Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, 2 vols.

[2] Hubo dos emisiones, Madrid y Barcelona: Francisco de Ávila, Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, en El Fénix de España, Lope de Vega Carpio, familiar del Santo Oficio. Octava parte de sus Comedias. Con loas, entremeses y bailes…, Madrid, por la viuda de Alonso Martín, a costa de Miguel de Siles, mercader de libros, 1617; y Barcelona, Sebastián de Cormellas, 1617. Ver Agapita Jurado Santos, Obras teatrales derivadas de las novelas cervantinas (siglo XVII). Para una bibliografía, Kassel, Edition Reichenberger, 2005, pp. 53-57.

[3] Para la relación con el modelo cervantino, ver Gregory Gough La Grone, The Imitations of «Don Quixote» in the Spanish Drama, Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 1937 (tesis doctoral, Publications of the Series in Romanic Languages and Literatures, 27), pp. 8, 20 y 114; Felipe Pérez Capo, El «Quijote» en el teatro. Repertorio cronológico de 290 producciones escénicas relacionadas con la inmortal obra de Cervantes, Barcelona, Editorial Millá, 1947, pp. 12-14; Luciano García Lorenzo, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha de don Francisco de Ávila», Anales Cervantinos, XVII, 1978, pp. 259-260; y Manuel García Martín, Cervantes y la comedia española en el siglo XVII, Salamanca, Ed. Universidad de Salamanca, 1980, pp. 43-47.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Don Quijote salta al teatro breve: el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila», en Germán Vega García-Luengos y Rafael González Cañal (eds.), Locos, figurones y quijotes en el teatro de los Siglos de Oro. Actas selectas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, Almagro 15, 16 y 17 de julio de 2005, Almagro, Festival de Almagro / Universidad de Castilla-La Mancha, 2007, pp. 299-313.

Jerónimo de Cáncer: entremeses y otras piezas teatrales breves

Cáncer y Velasco escribió magníficos entremeses, como ya destacaba Emilio Cotarelo:

En nada cede como entremesista a Calderón, antes le sobrepuja en fuerza satírica, el agudísimo poeta D. Jerónimo de Cáncer y Velasco. Mucho debieron de agradar al público y representarse sus entremeses, cuando en todo tiempo y aun muchos años después de muerto se recordaban su chiste y donaire; se le conceptuaba modelo y autoridad en este género dramático[1].

Para Bergman, «su nombre, acoplado con el de Benavente, venía a ser sinónimo de “entremés”. […] Entre auténticos y dudosos se conservan unos 35 a su nombre, pero el renombre que ganó con ellos hace suponer que escribiera muchísimos más»[2]. Asensio califica los entremeses de Cáncer, junto con los de Calderón y Moreto, como «luminarias del género»[3]. Para Huerta Calvo fue «uno de los entremesistas más afamado de la centuria»[4].

Laurel de entremeses

Los entremeses de Cáncer figuran recogidos en tomos póstumos[5]. Uno de los mejores es el titulado El portugués, en el que «todos los personajes son caracteres y caracteres cómicos»[6]. Aquí la venta (cuyas incomodidades son antesala de los padecimientos del infierno) sirve como escenario para el desfile de diversos tipos estrafalarios, igual que sucede en El examinador de Hurtado de Mendoza y El reloj y genios de la venta de Calderón. En El cortesano el Gracioso explica a don Blas en qué consiste ser cortesano (vv. 8-16 y 25-46). Sin embargo, su fingida cortesanía no le sirve para librarse de los golpes que le propinan un acreedor y tres tahúres y tampoco para evitar ser despachado por el Huésped. La burla más sazonada refiere el engaño de una moza manchega que en Madrid se hace pasar por dama de distinción ante dos caballeros, hasta que el fraude es descubierto. En La visita de cárcel el Alcalde bobo terminará soltando, uno tras otro, a todos los presos. Cuando el Escribano comenta que lo ve más gallardo, más alto y más espigado, responde: «Si tengo una vara más, / ¿no queréis que esté más alto?» (vv. 7-8). El humor apunta también al remedar el Alcalde el habla del Portugués:

PORTUGUÉS.- «Ven, minina, y tray o peito mas benino.»

ALCALDE.- Ven, minina, y tray puesto el abanino.

PORTUGUÉS.- «Ven, porque cada día más te alongas.»

ALCALDE.- Ven, porque cada día hay más mondongas (vv. 186-189).

Los hombres deslucidos es un baile entremesado que formó parte de la fiesta burlesca de La renegada de Valladolid que se representó la noche de San Juan de 1655 en el Salón del Buen Retiro. En él todos los papeles son representados por mujeres y corresponden a distintos personajes ridículos: uno que gasta todo su dinero con las damas, otro toreador in pectore, otro que se fue a vivir a la aldea para tratar de gastar menos sin conseguirlo, un pesquisidor de sus orígenes… Los putos, que para Cotarelo es «un disparatón sin pies ni cabeza»[7], fue muy representado e imitado. Se abre con el lamento de Toribio por los desdenes de Menga, con burlesco eco garcilasista: «oh más dura que el Martes a mis quejas» (v. 4); y es que la moza se muestra cariñosa con todos menos con él (nótense los juegos de palabras y dobles sentidos):

TORIBIO.- Tú amas al Sacristán y al Boticario,
y que te sabe hacer un letuario;
al Alguacil también, porque te prende,
al Escribano, porque te pretende,
pero tú haces muy bien en adoralle,
porque al fin tiene causas para amalle (vv. 6-11).

La Doctora le ofrece un papel mágico que, leído por Menga, la enamorará. Pero quien lee el papel es el Sacristán: el conjuro funciona y pide un abrazo a Toribio. También el Escribano y el Alguacil leen la carta, con el mismo resultado. Menga llama a la justicia al ver que tres hombres requiebran a Toribio, y este replica, jugando de nuevo del vocablo (con pasteles hechizos, que eran los mandados hacer de encargo): «Eso tienen los hechizos, / como pasteles no sean» (vv. 154-155).

Otros títulos de entremeses de Cáncer son El estuche, El francés, El gigante, El libro de ¿qué quieres, boca?, El negro hablador, El sí, El tamborilero, Este lo paga, Juan Rana en el Prado, Juan Ranilla, La boda de Juan Rana, La Garapiña, La mal acondicionada o La regañona, La mariona, La mula, Pelícano y ratón, La pedidora (estos dos atribuidos también a Calderón), El paseo al río de noche (atribuido también a León Marchante), La ronda, La zarzuela, Las lenguas, Los ciegos (reimpreso como Candil y Garabato), Los galeotes, Los golosos de Benavente, Noche de San Juan, Sordo y Periquillo el de Madrid (reimpreso como El reo), Testimonios, Yo lo vi o Los embusteros, etc. Algunos de ellos fueron escritos para el famoso Cosme Pérez-Juan Rana. Cáncer tiene además bailes (Los ciegos, El capiscol, Los gitanos, Menga y Bras…), mojigangas, loas sacramentales y jácaras, algunas «a lo divino», que debieron de cantarse en los teatros[8].


[1] Emilio Cotarelo, y Mori, Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas, Madrid, Casa Editorial Bailly-Bailliére, 1911, p. LXXXIV.

[2] Hannah E. Bergman (ed.), Ramillete de entremeses y bailes nuevamente recogidos de los antiguos poetas de España. Siglo XVII, Madrid, Castalia, 1970, p. 279.

[3] Eugenio Asensio, Itinerario del entremés desde Lope de Rueda a Quiñones de Benavente, Madrid, Gredos, 1965, p. 176.

[4] Javier Huerta Calvo, Antología del teatro breve español del siglo XVII, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, p. 261.

[5] En ediciones modernas pueden leerse: Los gitanos y El portugués en Felicidad Buendía, Antología del entremés (desde Lope de Rueda hasta Antonio de Zamora), Madrid, Aguilar, 1965; El cortesano, La visita de cárcel, Los hombres deslucidos y Pelícano y ratón en Hannah E. Bergman (ed.), Ramillete de entremeses y bailes nuevamente recogidos de los antiguos poetas de España. Siglo XVII, Madrid, Castalia, 1970; Testimonios en Celsa Carmen García Valdés, Antología del entremés barroco, Barcelona, Plaza & Janés, 1985; Los putos en Javier Huerta Calvo, Teatro breve de los siglos XVI y XVII, Madrid, Taurus, 1985, y Antología del teatro breve español del siglo XVII, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999. Ver también Isabel Magadán, Teatro menor del siglo XVII: Jerónimo de Cáncer y Velasco, memoria de licenciatura, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1985; Maria Laura Reverdito, «La comicità verbal negli entremeses di Cáncer y Velasco», Letterature, 13, 1990, pp. 42-52; y Juan Carlos González Maya, «Entremés del “Francés” de Jerónimo de Cáncer», en Carlota Vicens Pujol (ed.), Au bout du bras du fleuve: miscelanea a la memoria de Gabriel M.ª Jordà Lliteras, Palma de Mallorca, Universitat de les Illes Balears, 2007, pp. 295-316, y «Jácaras a lo divino: un inédito de Cáncer y Velasco», Revista de Literatura, 141, 2009, pp. 235-256.

[6] Cotarelo, y Mori, Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas, p. LXXXVIIa.

[7] Cotarelo y Mori, Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas, p. LXXXVIIa.

[8] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

Otros entremesistas del Siglo de Oro (y 2)

En fin, todavía podemos ampliar la nómina de cultivadores barrocos del entremés con los siguientes autores:

Francisco Antonio de Monteser (1620-1668): Los locos, La tía, El maulero, La hidalga, El capitán Gorreta, Las perdices.

Francisco de Avellaneda (1622-1675?): El hidalgo de la Membrilla, La visita del mundo, Lo que es Madrid, Noches de invierno; se le ha atribuido también Los rábanos y la fiesta de toros.

Manuel de León Merchante (1626-1680): La estafeta, Los pajes golosos, Los espejos, La sombra y el sacristán, El gato y la montera, Los motes, El abad del Campillo

Vicente Suárez de Deza (h. 1600-h. 1667) reunió buena parte de sus entremeses en la Parte primera de los Donaires de Tersícore (1663): El malcasado, El poeta y los matachines, El alcalde hablando al rey…, piezas que siguen la huella de Benavente y Quevedo.

Máscaras de teatro

—De Francisco Antonio de Bances Candamo (1662-1704) destacan títulos como El astrólogo tunante (tema con precedentes en Cervantes y Calderón), Las visiones (inspirado en El dragoncillo de Calderón) o La audiencia de los tres alcaldes. Cabe añadir que en su Teatro de los teatros de los pasados y presentes siglos establece la teoría poética de los distintos géneros breves.

Antonio de Solís y Rivadeneira (1610-1686) agrupa en su volumen Varias poesías sagradas y profanas (1692) piezas para fiestas palaciegas; podemos destacar varios entremeses para Juan Rana como Juan Rana poeta, Los volatines o El niño caballero.

Pedro Francisco de Lanini y Sagredo (h. 1640-h. 1720) compuso entremeses de ambiente costumbrista madrileño como El día de San Blas en Madrid o La plaza de Madrid.

Alonso de Olmedo (m. 1682): Las locas caseras, El sacristán Chinchilla.

Juan Bautista Diamante (1625-1687) es autor asimismo de algunos entremeses, loas y bailes como el de Los consejos o el Baile en esdrújulos de Marizápalos.

—El portugués Manuel Coelho Rebelho recopiló sus entremeses en Musa entretenida de varios entremeses (1658), algunos escritos en castellano y otros en portugués, El pícaro hablador, El capitán mentecato, El asalto de Villavieja por don Rodrigo de Castro y castigos de un castellano.

Francisco de Castro (1675-1713) es el principal autor de entre los siglos XVII y XVIII con más de cincuenta piezas, que reunió en los tres volúmenes titulados Alegría cómica, explicada en diferentes asuntos jocosos (1702) y en Cómico festejo (1742), con títulos como El vejete enamorado, Lo que son mujeres, Los chirlos mirlos, El estudiante marqués, La burla del sombrero, La burla del figonero, Los gigantones, El cesto y el sacristán.

En fin, el género entremés se prolongará en el XVIII con autores como Antonio de Zamora (h. 1660-h. 1722), José de Cañizares (1676-1750) y Francisco Benegasi y Luján (1656-1742).

Otros entremesistas del Siglo de Oro (1)

El número de entremesistas auriseculares es muy elevado, así que me limitaré a indicar de forma esquemática algunos otros nombres y títulos:

Antonio Hurtado de Mendoza (1586-1644) es autor de El examinador Miser Palomo, representado en 1617, que sigue el esquema de revista de personajes ridículos (tomajón, necio, caballero, enamorado, valiente, etc.). Tiene otras obras de índole costumbrista como la titulada Getafe.

Luis Vélez de Guevara (1570-1644) compuso Antonia y Perales, Los sordos, La burla más sazonada, La sarna de los banquetes y Los atarantados.

Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo (1581-1635) es autor de trece entremeses —que él llama comedias antiguas o comedias domésticas— de escasa dramaticidad (escritos para ser leídos en el marco de sus libros, más bien que representados), entre ellos El buscaoficios, Los mirones de la Corte, El caprichoso en su gusto, El malcontentadizo, El tribunal de los majaderos, El comisario contra los malos gustos, El remendón de la naturaleza, El cocinero de amor, Doña Ventosa, Las aventuras de la Corte o El Prado de Madrid y baile de la capona.

Alonso del Castillo Solórzano (1584-1648) también publica sus entremeses (El casamentero, La castañera, El barbador, Las prueba de los doctores, El comisario de figuras) al interior de sus obras narrativas.

Jerónimo de Cáncer y Velasco (¿1599?-1655), autor especialmente inclinado a los géneros cómicos como la comedia burlesca, tiene entremeses como Los testimonios, Los gitanos, El portugués, El cortesano, La visita de la cárcel (hay otra pieza de Benavente con el mismo título), Pelícano y Ratón o Los putos.

Gaspar de Barrionuevo (1562-h. 1624) compuso graciosos entremeses como El triunfo de los coches, y recientemente se le ha atribuido el famoso de Los habladores.

Francisco Bernardo de Quirós (1594-1668) recogió sus piezas breves en Obras y aventuras de don Fruela (1656): así, Mentiras de cazadores y toreadores, El toreador don Babilés, El poeta remendón, La burla del pozo, Las calles de Madrid, Escanderbey, Don Estanislao, Las fiestas del aldea o el titulado El muerto, Eufrasia y Tronera.

—A Juan Vélez de Guevara (1611-1675) debemos La autora de comedias, El loco, El sastre, El bodegón, Los holgones, Los valientes, El pícaro bobo

Agustín Moreto (1618-1669) es otro de los más importantes entremesistas áureos, con unas treinta y cinco piezas que destacan por su gracia cómica. Muestra gran habilidad en la caricatura figuronesca, como las del valentón de Alcolea o Entremés para la noche de San Juan, o el mozo simplón que se hace el terrible en El Cortacaras. Doña Esquina, El aguador, Los gatillos, Entremés de la loa de Juan Rana, Las galeras, Los oficios de la honra, Las fiestas de palacio, El alcalde de Alcorcón, Los galanes, El ayo, El retrato vivo, La Perendeca o La burla de Pantoja son otros títulos moretianos.

Gil López de Armesto y Castro (?-1676) publicó en 1674 sus Sainetes y entremeses representados y cantados, donde incluye títulos como Los nadadores de Sevilla y Triana, Las vendedoras de la Puerta del Rastro, La burla de los capones o La competencia del portugués y el francés. Además se le considera inventor de un nuevo subgénero, el intermedio lírico (véase más abajo).

Sebastián Rodríguez de Villaviciosa (1618-1663) tiene en su haber La casa de vecindad, Los poetas locos, El licenciado Truchón, Zancajo y Chinela, Las visitas y una pieza de gran éxito, El retrato de Juan Rana.

Muchos de estos textos se pueden leer en la importante Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas, ed. de Emilio Cotarelo y Mori, Madrid, Bailly-Baillière (NBAE), 1911, 2 vols. Hay edición facsímil con estudio preliminar e índices por José Luis Suárez y Abraham Madroñal, Granada, Universidad de Granada, 2000.

Coleccion de entremeses, loas... de Cotarelo

Quiñones de Benavente, especialista del entremés

Luis Quiñones de Benavente (1581-1651) es el gran especialista del género entremés, pues se dedicó casi con exclusividad al teatro breve. Luis Vélez de Guevara lo llamó «pontífice de los bailes y entremeses» y Tirso «la sal / de los gustos, el regalo / de nuestra corte». Todos sus entremeses están escritos en verso y presentan un marcado carácter urbano (acciones localizadas en Madrid), junto con una clara tendencia al lirismo popular. A Quiñones de Benavente se le debe la creación del entremés cantado o baile entremesado, y la renovación del género por medio de la introducción de elementos abstractos, fantásticos y alegóricos. Su condición de músico (fue un famoso guitarrista) explica la importancia del elemento musical en sus obras. Su capacidad satírica no está reñida con el sesgo didáctico y moralizante de muchos de sus entremeses. Se aprecia en su producción cierta tendencia a mixtificar géneros, a practicar modalidades mixtas, como apuntan estos versos suyos de Las manos y cuajares:

Y aquí acaban tres enjertos
que os hemos dado a comer:
una jácara en un baile
y un baile en un entremés.

«Prolífico y famoso —comenta  Arellano—, […] escribió mucho y se le atribuyeron también muchos entremeses que no son suyos»[1], como sucede con Lope en el terreno de la comedia. En 1645 se publicó Jocoseria. Burlas veras, o reprehensión moral y festiva de los desórdenes públicos en doce entremeses representados y veinticuatro cantados, que alcanzó varias ediciones en el siglo XVII[2].

Bergman (1965) considera probada la autenticidad de las cuarenta y ocho piezas de la Jocoseria, y otras decenas con las que llegan a sumar en total ciento cincuenta. Cotarelo edita en su famosa Colección ciento cuarenta y dos, procedentes —además de la Jocoseria— de diversas colecciones como Entremeses nuevos de diversos autores (1640), Donaires del gusto (1642), Entremeses nuevos (1643), Ramillete gracioso (1643), Flor de entremeses (1657), Laurel de entremeses varios (1660), etc.

Portada de Jocoseria

La temática de los entremeses de Quiñones es muy amplia. Una leve intención satírica aparece en muchas de sus piezas, pero lo que predomina es, sin duda, la risa. A Quiñones parece deberse la creación de Juan Rana, que llegó a identificarse con el actor Cosme Pérez, cuya versatilidad le permitía adaptarse a las situaciones y oficios más variados: médico, letrado, poeta, toreador… Muchos de sus entremeses son pequeñas obras maestras: El gorigori renueva el motivo del falso muerto en un ambiente madrileño coetáneo. Otras piezas disminuyen la acción para recrearse en las variaciones literarias: Los cuatro galanes, La barbera de amor, El retablo de las maravillas (reelaboración del de Cervantes), Los alcaldes encontrados (conflicto entre los alcaldes Mojarrilla y Domingo, en un esquema de pullas e invectivas sobre el motivo de la limpieza de sangre), La maya, Las civilidades, Los sacristanes Cosquillas y Talegote, Los vocablos, El murmurador, Casquillos y la volandera, El talego niño, El doctor Juan Rana, La mal contenta, Los ladrones y Moro Hueco y la parida, etc.

Maestro en el manejo del lenguaje, Quiñones dota a sus entremeses de una maravillosa gracia verbal; asimismo, el aumento de la espectacularidad de estas piezas (mayor importancia de la música y el baile) sería otra de sus notas más características.


[1] Ignacio Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, Madrid, Cátedra, 1995, p. 670.

[2] Ver ahora Luis Quiñones de Benavente, Jocoseria, ed. de Ignacio Arellano, Juan Manuel Escudero y Abraham Madroñal, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2001.

Los entremeses de Calderón de la Barca

El teatro cómico breve de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) había estado tradicionalmente descuidado por la crítica, eclipsado por la atención dedicada a su teatro serio (comedias, dramas de honor, autos sacramentales…). Sin embargo, en los últimos años —desde el Centenario de 1981, aproximadamente— se viene destacando su faceta cómica, en la que cabe apreciar el mismo talento y el mismo dominio teatral que en sus obras serias.

Pedro Calderón de la Barca

El corpus de sus entremeses todavía no ha sido fijado con seguridad: Rodríguez Cuadros y Tordera incluyen veinticuatro piezas breves (entremeses, jácaras y mojigangas) mientras que Lobato eleva el total a cuarenta y una, entre las seguras y las atribuidas con cierta seguridad. Sabemos a ciencia cierta que salieron de su pluma, entre otros, entremeses como La casa holgona, La plazuela de Santa Cruz, La pedidora, La franchota, El dragoncillo, El toreador, Los instrumentos, El desafío de Juan Rana y Las Carnestolendas. Fueron publicados en diversas colecciones como Donaires del gusto (1642), Entremeses nuevos (1643), Ramillete gracioso (1643), Teatro poético (1658) y Floresta de entremeses y rasgos del ocio (1681)[1].

Arellano ha señalado sus rasgos más destacados:

El talento dramático y literario de Calderón produce un conjunto de entremeses muy elaborados en sus medios cómicos, con un lenguaje múltiple (pullas, juegos de palabras, germanía, parodias de registros y códigos literarios, manipulación de frases hechas…) que es característica del género pero que en pocas ocasiones alcanza la perfección calderoniana, muestra de una complejidad dramática que afecta a la estructura orgánica de sus piezas, asimilando procedimientos de la comedia larga, y multiplicando los puntos de vista y los espacios dramáticos, perfeccionando también los recursos escénicos (disfraces, maquillaje, movimientos, vestuario) en los que desempeñan papel principal la música y los bailes[2].

Es habitual en estas piezas calderonianas la ridiculización de un personaje (Don Pegote, El sacristán mujer, El mayorazgo, La melancólica) o de varios, según el esquema de desfile de figuras (El reloj y genios de la venta, La casa de los linajes). En el Entremés del toreador, representado en palacio ante el rey en 1658, Juan Rana torea ridículamente para ganarse el amor de una dama, lo que da lugar a la parodia de diversos temas y motivos literarios. El dragoncillo es una genial reelaboración de La cueva de Salamanca de Cervantes. En Las Carnestolendas resulta patente la dimensión carnavalesca, pues introduce el motivo del mundo al revés y a personajillos folclóricos como el Rey que rabió o Perico de los Palotes. En La plazuela de Santa Cruz, en fin, apreciamos su veta costumbrista.



[1] Ver Pedro Calderón de la Barca, Entremeses, jácaras y mojigangas, ed. de Evangelina Rodríguez Cuadros y Antonio Tordera, Madrid, Castalia, 1982; y Teatro cómico breve, ed. de María Luisa Lobato, Kassel, Reichenberger, 1989.

[2] Ignacio Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, Madrid, Cátedra, 1995, pp. 667-668.

Quevedo entremesista

Después de Lope de Rueda y Cervantes, una tercera cima en la historia del entremés la constituye Francisco de Quevedo (1580-1645), especialmente en lo que se refiere a la elaboración lingüística del discurso verbal de sus textos. «La aportación de Quevedo al entremés radica en su prodigiosa inventiva verbal, más que en las dimensiones escénicas», ha destacado Ignacio Arellano[1]. Cuenta en su haber con unos dieciséis títulos, muchos de ellos descubiertos por Eugenio Asensio, y se le han asignado varios más (hay graves problemas de atribución).

Francisco de Quevedo

La venta nos presenta al ventero Corneja, ladrón a quien ayuda la criada Grajal a desplumar a los incautos pasajeros. En La ropavejera apreciamos la sátira contra las falsas apariencias y la afición a cosméticos y postizos. La figura celestinesca de la alcahueta queda retratada magistralmente en La vieja Muñatones, mientras que en Bárbara y El niño y Peralvillo en Madrid presentan a mujeres prostitutas. Las dos partes de Diego Moreno y El marido pantasma fijan el tipo del maridillo o marido cornudo y consentidor, tan habitual en su poesía satírico-burlesca… Igualmente, el tipo del afeminado aparece en El marión, y el viejo achacoso e impotente en Los refranes del viejo celoso. Los enfadosos o el zurdo alanceador adopta la estructura de desfile de figuras, etc. Acertadamente indicó Asensio que Quevedo fertilizó el entremés con su aportación de tipos y figuras y por la «ejemplar técnica literaria que aplica a la pintura del hombre»[2]. Como resume Abraham Madroñal,

Quevedo ha ligado definitivamente la pieza breve entremesil a los tipos cortesanos de su momento y, desde luego, la dota de una capacidad lingüística ilimitada, lo que posibilitará que alcance con la llegada de Quiñones la fusión entre lo dramático y lo verbal en un conjunto que será difícil de superar[3].


[1] Ignacio Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, Madrid, Cátedra, 1995, p. 665.

[2] Eugenio Asensio, Itinerario del entremés: desde Lope de Rueda a Quiñones de Benavente. Con cinco entremeses de D. Francisco de Quevedo, 2.ª ed. revisada, Madrid, Gredos, 1971, p. 178.

[3] Abraham Madroñal, «Quiñones de Benavente y el teatro breve», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, Madrid, Gredos, 2003, vol. I, p. 1053. Los textos de los entremeses quevedianos pueden leerse ahora en la excelente edición de Teatro completo, ed. de Ignacio Arellano y Celsa Carmen García Valdés, Madrid, Cátedra, 2011.

Cervantes y el entremés

Miguel de Cervantes (1547-1616) es otro de los grandes hitos en el desarrollo del género entremesil, que enriqueció con piezas de genial maestría: amplió el número de personajes y ennobleció los tipos básicos del bobo y el fanfarrón (Cervantes los dota de carácter y matices, les da cierta profundidad psicológica), acrecentó los materiales novelescos y refinó literariamente sus piezas, dotándolas de nuevos temas, ideas y técnicas.

Portada de ocho comedias y ocho entremeses (1615)

Los publicó en Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados (1615), en cuyo prólogo destaca la importancia de su modelo Lope de Rueda, al tiempo que enumera los principales tipos que se representaban:

Las comedias eran unos coloquios, como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora; aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo y ya de vizcaíno: que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope [de Rueda] con la mayor propiedad y excelencia que pudiera imaginarse.

No es posible comentar en este momento (recordemos que estamos trazando un recorrido panorámico por el entremés barroco) los argumentos, temas y personajes de los ocho entremeses cervantinos: El rufián viudo llamado Trampagos, La guarda cuidadosa, El juez de los divorcios, El vizcaíno fingido, La elección de los alcaldes de Daganzo, El retablo de las maravillas, La cueva de Salamanca y El viejo celoso. Habrá, sin duda, ocasión de volver sobre ellos para un análisis más detallado. Baste señalar por el momento que muchos alcanzan la categoría de obras maestras dentro del género y que en ellos el ingenio complutense nos brinda tipos inolvidables y pinceladas del mejor realismo costumbrista.

En fin, la variedad de los temas cómicos, la animación de sus cuadros y la diversidad de sus personajes populares son tres notas destacadas, a las que hay que añadir su fina observación de la realidad y la agudeza satírica intencionada, la profunda intencionalidad de estos entremeses que amalgaman a la perfección risa y seriedad.

Historia del entremés: hasta Lope de Rueda

El corpus de entremeses y entremesistas del Siglo de Oro es muy amplio, así que el listado de autores y títulos que irán apareciendo en estas entradas habrá de resultar a la fuerza esquemático. Hoy examinaremos los precedentes del entremés, hasta llegar a su primera cima, la que suponen los pasos de Lope de Rueda.

Lope de Rueda

Los primeros cultivadores del entremés (los que forman lo que Huerta Calvo denomina «etapa fundacional») fueron Juan del Encina (1469-1529), Lucas Fernández (1474-1542), Gil Vicente (h. 1465-h. 1536), Hernán López de Yanguas (1487-1550), Diego Sánchez de Badajoz (finales del XV-1549), Sebastián de Horozco (1510-1580), Joan Timoneda (¿1518?-1583) y, sobre todo, Lope de Rueda (h. 1510-h. 1565), quien consolida el género con sus pasos. Su importancia ya fue destacada por Rojas Villandrando en estos versos, que ponen de relieve a su vez su doble faceta de actor (representante) y autor dramático (poeta):

Digo que Lope de Rueda,
gracioso representante
y en su tiempo gran poeta,
empezó a poner la farsa
en buen uso y orden buena;
porque la repartió en actos,
haciendo introito en ella,
que agora llamamos loa;
y declaraban lo que eran
las marañas, los amores,
y entre los pasos de veras
mezclados otros de risa,
que, porque iban entremedias
de la farsa, los llamaron
entremeses de comedia;
y todo aquesto iba en prosa
más graciosa que discreta.

Algunos de sus títulos son: Paso de Polo y Olalla negra, Paso de Gargullo, de Estela y de Logroño, Paso de Troico y Leno sobre la mantecada, Cornudo y contento, La tierra de Jauja, Las aceitunas, La generosa paliza, Los lacayos ladrones, El rufián cobarde… La ágil prosa coloquial de estos pasos influyó poderosamente en Cervantes, como ha destacado la crítica de forma unánime [1].


[1] Sus textos pueden leerse en: Lope de Rueda, Pasos, ed. de Fernando González Ollé y Vicente Tusón, Madrid, Cátedra, 1981.

El entremés: personajes, estilo y representación

Por lo que toca a los personajes del entremés barroco, existe un elenco fijo de máscaras o figuras, a saber, el bobo-alcalde, el vejete, el sacristán, el soldado, el estudiante, el médico, el barbero, el ciego, el negro…, más la mujer, a la que Huerta Calvo califica como «auténtica Dea ex machina del género entremesil»[1]. Arellano, por su parte, añade:

Personajes de los bajos oficios (sastres, venteros, pasteleros, criados, pajes) y representantes degradados de los hidalgos miserables y chanflones, rufianes y hampones, prostitutas y alcahuetas, pululan en el mundo del entremés, lo mismo que en la literatura burlesca y satírica de otros géneros. A menudo el mismo título hace referencia a este protagonismo de las figuras ridículas: basta repasar la colección de Cotarelo para encontrar, por ejemplo, entremeses De los habladores, Del astrólogo borracho, Del viejo casado con moza, De las gorronas, Del hospital de los podridos, Del doctor simple, Del indiano, De los ladrones engañados, De la endemoniada, Del sacristán Soguijo, De los rufianes, Del gabacho, De las viudas[2].

Si nos referimos al estilo, hay que subrayar que la lengua del entremés explota todos los recursos propios de la comicidad grotesca: hablas dialectales, latines macarrónicos, vocabulario popular (invectivas, insultos codificados, pullas, disfemismos…), onomástica burlesca, todos los registros expresivos del erotismo, alusiones escatológicas, etc. Sin duda alguna, el entremés ofrece un campo inmenso para todo tipo de experimentación lingüística.

En cuanto a la representación, el entremés se presta especialmente al histrionismo más exagerado. De hecho, el éxito de estas piezas es atribuible en muchas ocasiones a la habilidad de los actores, como el celebérrimo Cosme Pérez, alias Juan Rana, para quien se escribieron más de cuarenta piezas[3]: La boda de Juan Rana (quizá de Francisco de Avellaneda, aunque suele atribuirse a Cáncer), El desafío de Juan Rana (Calderón), El doctor Juan Rana (Quiñones), Juan Rana poeta (Solís), Juan Rana mujer y Juan Ranilla (Cáncer)…

El actor Cosme Pérez, Juan Rana


[1] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 95.

[2] Ignacio Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, Madrid, Cátedra, 1995, p. 662.

[3] Existe abundante bibliografía sobre este actor-personaje, pero remito únicamente a la monografía de Francisco Sáez Raposo, Juan Rana y el teatro cómico breve del siglo XVII, Madrid, Fundación Universitaria Española, 2005.