«La lamparita del pastor», de Óscar Jara Azócar

El chileno Óscar Jara Azócar (nacido en Viña del Mar en 1906, fallecería en 1988) fue considerado en su país como «el poeta de los niños». Entre su producción se cuentan estos títulos: Canciones de juventud, El jardín de las estampas, Viña del Mar, Lo que soy esta noche, El día de la madre, El libro de los niños: cuentos en verso, La poesía y el teatro de la escuela, Naipe de espuma, La isla de silencio, Era en el bosque. Poesía y teatro para los niños de América, Lagarta y jazmín, Chile:  dramatizaciones de su historia, Mis mejores versos para niños. Antología y La noche más linda del mundo. Este último volumen poético, del año 1970, está dedicado íntegramente a la temática navideña. De las composiciones que lo forman he seleccionado «La lamparita del pastor», un romance endecha con rima aguda en á (salvo la primera cuarteta, que presenta rima aguda en ó), el cual tiene toda la gracia y sencillez de los villancicos tradicionales y no requiere ningún comentario.

Pastorcilla con un farol

Con una lamparita
va el hijo del pastor
en busca del pesebre
donde nació el Señor.

Con tierno afán pregunta:
—¿Dónde estará el portal?
Los corderitos fueron
y yo me quedé atrás…

¿Un ángel no contesta
por esta oscuridad?
¿Si no será el camino
donde el Niñito está?

Un resplandor me cubre.
¡Estoy en el portal!
¡Un niño tan hermoso
no vi nunca jamás!

Traigo mi lamparita,
no tengo nada más;
para adorarte, ¡en ella
mi corazón está![1]


[1] Tomo el texto de Óscar Jara Azócar, La noche más linda del mundo, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1970, pp. 73-74. Modifico ligeramente la puntuación. Véase Miguel Moreno Monroy, «La Navidad en algunos poetas chilenos», El Mercurio (Santiago de Chile), 24 de diciembre de 1972, p. 41.

El «Romance del Corregidor de La Paz» de Hernando Sanabria Fernández

A Alicia Villar Lecumberri
y Santiago A. López Navia,
amigos cervantistas,
con cariño y amistad

El boliviano Hernando Sanabria Fernández cuenta en su haber con dos composiciones poéticas de temática cervantina; una es el soneto «En loor de Aldonza Lorenzo»[1] (publicado en 1978 con el seudónimo de José Lorenzo Vaca, cuyo comentario dejaré para otra ocasión) y, la que ahora me interesa destacar, su «Romance del Corregidor de La Paz». Pero, antes de entrar en materia, recordaré algunos datos biográficos del autor.

Cubierta del libro: Néstor Taboada Terán, Miguel de Cervantes Saavedra, Corregidor Perpetuo de la Ciudad de Nuestra Señora de La Paz, dibujos de Walter Solón Romero, La Paz, Plural Editores, 2005

Hernando Sanabria Fernández (Vallegrande, 1909-Santa Cruz de la Sierra, 1986) fue Licenciado en Derecho por la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca y Doctor en Derecho, Ciencias Sociales y Políticas por la Universidad Gabriel René Moreno de Santa Cruz de la Sierra. Ejerció muy diversos cargos públicos, y ocupó la Cátedra de Sociología en la Universidad Gabriel René Moreno y la de Literatura e Historia del Arte en la Escuela de Bellas Letras de Santa Cruz. Desempeñó funciones diplomáticas, como consejero cultural en la embajada de Bolivia en España. Recibió, entre otras distinciones, la Medalla Nacional de Cultura, la Orden Boliviana de la Educación, la Orden Española del Mérito Civil y el Cóndor de los Andes[2]. Como escritor, publicó sobre temas muy variados (arqueología, economía, folclore, geografía, historia, lingüística, literatura, etc.). Periodista activo y docente, crítico, historiador y biógrafo[3], en el terreno de la creación literaria cultivó los géneros de la poesía (Figuras de antaño, poemario escrito en 1932, pero no publicado hasta 1976; Poemas provincianos, 1963), la novela (La de los ojos de luna, 1974) y el cuento (Cactus del valle,1986).

Sanabria Fernández tuvo una destacada actividad cervantina. En una entrevista para El Diario de La Paz aparecida el 27 de noviembre de 1977 declaraba:

Soy un apasionado cervantista. Resumiendo puedo decir que simplemente tengo aquí la devoción cervantina y el vincular esta mi devoción cervantina con mi devoción por mi patria, por aquello de que Cervantes quiso ser Corregidor de La Paz y un compañero de Cervantes, Pedro Ozores de Ulloa, vino a prestar servicio al rey en nuestro territorio[4].

En su obra, en efecto, se incluyen varios ensayos cervantinos. Así, en 1947 ganó el primer premio del concurso sobre Miguel de Cervantes con su trabajo Cervantes, Quijote, Sancho, en la ciudad de La Paz, convocado por varias instituciones en conmemoración del IV Centenario del nacimiento de Cervantes. Treinta años después, en 1977, ingresó como miembro de número a la Academia Boliviana de la Historia, y su trabajo de ingreso fue Un compañero de Cervantes en tierras de Charcas, hoy Bolivia. Y en noviembre de 1980 fue nombrado miembro académico numerario de la Academia Boliviana de la Lengua, siendo en esta ocasión su discurso de ingreso Cervantes y don Quijote en la literatura boliviana[5]. Cuenta con otros artículos cervantinos, algunos publicados y otros inéditos, y además concibió la idea de escribir una obra titulada Un boliviano en La Mancha. Excursión por tierras de don Quijote en España, como resumen de sus vivencias al realizar una por la Mancha en el año 1979, cuando se encontraba en España en misión diplomática.

En su «Romance del Corregidor de La Paz» evoca a Cervantes pobre, pese a todos sus méritos, pretendiente de un cargo en las Indias, entre ellos el de Corregidor de La Paz, que estaba vacante. Y el romance nos presenta al personaje en esa tensa espera de la resolución de su solicitud. Una tarde vemos a Cervantes cambiado: «Es otro hombre, ha ganado / honores, fortuna y prez…»). Pero, en realidad, todo ha sido un sueño. Su esposa Catalina lo despierta, precisamente para decirle que ha llegado un documento oficial con la respuesta: «No ha lugar a la demanda…». Cervantes, pese a todo, se muestra ilusionado, pues nadie puede quitarle ya la dicha de lo soñado. Y la composición se cierra con estos versos: «Aquí termina el romance / del insigne don Miguel, / Corregidor de La Paz / que no pudo ser y fue». No lo pudo ser, en la realidad biográfica, pero lo fue, aunque fuese en sueños, al igual que don Quijote fue caballero andante en su imaginación.

El poema —que anotaré someramente— dice así:

Ya envejece el buen hidalgo,
ya tiene magra la piel
y surcan su rostro arrugas
y nieva sobre su sien.
Le mancaron en Lepanto,
luchando contra el infiel;
unos piratas moriscos
le aprisionaron después
y ha sufrido largos años
de cautiverio en Argel.
Tiene escritos varios libros
de novelas y entremés
y es dilatada la cuenta
de sus servicios al rey.

Mas nada de todo aquello,
nada le ha hecho merecer
y anda escaso de privanzas
y de dineros también.

Buscando en las antesalas[6]
plaza en que pueda caber,
ha dado con la noticia
de que en las Indias del rey
hay cuatro cargos vacantes
que se van a reponer[7].

Los solicita por carta
en que invoca su estrechez
y los méritos ganados
en Lepanto y en Argel.

De las[8] cuatro dignidades
cualesquiera le está bien;
mas, si en lance de fortuna
le fuera dado escoger,
por[9] la del corregimiento
de La Paz optara él.

Van quince días de espera,
quince días de mudez,
cuando una tarde, cansado
por el inútil vaivén,
se recoge a echar en casa
la modorra del lebrel.

Es otro hombre, ha ganado
honores, fortuna y prez
en las Indias de la fama
que le tentaron ayer.
De los cargos requeridos
el corregimiento fue
de La Paz en el Chuquiago[10]
lo que se le dio en merced.

Helo ahí empuñando vara
de autoridad y de juez
en la ciudad que se tiende
de un alto nevado al pie[11]
y en cuyo río hay más oro
que joyas en un joyel[12].

Los hispanos[13] le obedecen
y le tratan de usarced[14]
y los hijos de la tierra
le besan manos y pies.

No le hacen mella la puna[15]
con su viento helado y cruel,
ni le fatigan las breñas,
ni al caminar da traspiés.
Va de un lado para otro
con el garbo de un doncel[16].

No ha olvidado, no por cierto,
sus aficiones de ayer:
escribe y llena cuartillas
con algo que nadie ve.

Siente un sacudón. Se yergue.
Alguien le llama: —¡Miguel!
(Así en privado le trata
la de Esquivias, su mujer[17].)
Se trae esta el gesto airado
y en las manos un papel.

Sin levantarse del todo,
toma el documento y lee:
«No ha lugar a la demanda,
ni a lo pedido por él.
Busque por acá y no en Indias
en qué se le haga merced»[18].

Vino el soñar con la siesta
y con la siesta ido es.
Mas nadie puede quitarle
la dicha del sueño aquel,
que si los sueños son vida[19],
se viven alguna vez.

Aquí termina el romance
del insigne don Miguel,
Corregidor de La Paz
que no pudo ser y fue[20].


[1] El texto está en Luis R. Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia: su imperecedero legado. Con ilustraciones y semblanzas de los artistas y escritores que engalanan el presente compendio, La Paz, Correos de Bolivia / PROINSA Industrias Gráficas, 2009, p. 207.

[2] Puede verse una semblanza más completa en Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, pp. 298-309; ver también Gilberto Rueda Esquivel, «Hernando Sanabria Fernández (1909-1986)», Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional (La Paz), vol. 13, núm. 63, 2019, pp. 67-74.

[3] Entre sus títulos no literarios se cuentan El habla popular de Santa Cruz, Cancionero popular de Vallegrande, Música popular de Santa Cruz, Breve Historia de Santa Cruz, En busca de Eldorado: la colonización del Oriente boliviano, Crónica sumaria de los gobernadores de Santa Cruz, Apiaguaiqui-Tumpa, biografía del pueblo chiriguano, Ñuflo de Chávez, el caballero andante de la selva, Cañoto, un cantor del pueblo en guerra heroica, La ondulante vida de Tristán Roca, Tradiciones, leyendas y casos de Santa Cruz de la Sierra, Iuparesa o La muña ha vuelto a florecer, entre otros.

[4] Cito por Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 307. Para la cuestión del corregimiento perpetuo de La Paz, ver Néstor Taboada Terán, Miguel de Cervantes Saavedra, Corregidor Perpetuo de la Ciudad de Nuestra Señora de La Paz, dibujos de Walter Solón Romero, La Paz, Plural Editores, 2005.

[5] Puede leerse en Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, pp. 615-636.

[6] antesalas: las del palacio real, donde los pretendientes intentaban ser atendidos —muchas veces de forma infructuosa— en sus demandas de puestos y mercedes.

[7] Las cuatro vacantes a las que aspiraba Cervantes en 1590 eran la contaduría del Nuevo Reino de Granada (Colombia), la gobernación de Soconusco (Guatemala), la contaduría de las galeras de Cartagena de Indias (Colombia) o el corregimiento en La Paz (Guatemala).

[8] Añado el artículo «las».

[9] Añado la preposición «por».

[10] Chuquiago (Chuquiyapu Marka) es el nombre aimara del área geográfica que más tarde se convirtió en la ciudad de La Paz.

[11] El Illimani es una montaña nevada ubicada cerca de la ciudad de La Paz. Con sus 6.460 metros de altura, es la más alta de la Cordillera Real y la segunda de Bolivia, tras el nevado Sajama.

[12] en cuyo río hay más oro / que joyas en un joyel: alude al río Choqueyapu ‘señor de oro’, que es el principal curso de agua de la ciudad de La Paz. «Don Diego Cabezade Vaca nos relata que “la gente de este asiento y pueblo de Chuquiago tenía por adoración una guaca que llamaban Choqueguanca, que quiere decir ‘señor de oro que no mengua’”. Muy probablemente esta guaca o lugar sagrado estuvo en algún lugar del curso del Choqueyapu» (Ximena Medinaceli, «¿La Paz, ciudad de cerros o de ríos?», Ciencia y Cultura. Revista de la Universidad Católica Boliviana «San Pablo», vol. 4, núm. 7, 2000, p. 46).

[13] hispanos: los criollos, los descendientes de españoles; después con hijos de la tierra se refiere a los indígenas. Unos y otros, todos en La Paz, saludan respetuosamente y estiman a Cervantes.

[14] usarced: lo mismo que vuesarced o vuesa merced, tratamiento de cortesía y respeto.

[15] puna: «Extensión grande de terreno raso y yermo» (DLE); el apunamiento o soroche es el mal de altura.

[16] doncel: muchacho joven.

[17] la de Esquivias, su mujer: Catalina Salazar y Palacios, natural de Esquivias (Toledo), con la que casó el escritor en 1584. Todo lo anterior ha sido un sueño, del que despierta Cervantes al oír el grito de su esposa llamándolo, como explicita el poema unos versos más adelante.

[18] Busque por acá y no en Indias / en qué se le haga merced: en efecto, «Busque por acá en qué se le haga merced» fue la lacónica respuesta del Consejo de Indias, en junio de 1590, a la pretensión de Cervantes de pasar a América.

[19] si los sueños son vida: formulación que vuelve del revés el tópico de la vida es sueño, popularizado por el célebre drama de Calderón.

[20] Texto en Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, pp. 310-312. Aunque es un romance, mantengo la separación en «estrofas» que trae Quiroz. Fue reproducido también en Hernando Sanabria Fernández, Romances de mi tierra, Santa Cruz de la Sierra, Fondo Editorial del Gobierno Municipal de Santa Cruz de la Sierra, 1997, pp. 239-241.

«A Don Miguel de Cervantes Saavedra», tríptico de sonetos de Abel Alarcón de la Peña

El abogado boliviano Abel Alarcón de la Peña (La Paz, 1881-Buenos Aires, 1954) fue novelista y poeta. Ejerció la docencia en universidades de diversos países: primero en La Paz, y luego en Santiago de Chile (1920-1922), en Estados Unidos (1923-1925) y en Austria (1932-1934). Tras regresar a Bolivia en 1935, fue director de la Biblioteca Nacional, jefe de la Sección Consular del Ministerio de Relaciones Exteriores y secretario, hasta su muerte, de la Academia Boliviana de la Lengua. Cultivó la novela histórica con títulos como En la corte de Yahuar-Huacac: novela original incaica (1916), California la bella (1926) y Érase una vez… Historia novelada de la Villa Imperial (1935). Libros de poesía son Pupilas y cabelleras (1904), El Imperio del Sol (1909), Relicario (1919) o A los genios del Siglo de Oro (1948). Entre sus volúmenes de relatos cabe citar Insomnio (1905), De mi tierra y de mi alma (1906) y la recopilación Cuentos del viejo Alto Perú (1936). En el terreno del ensayo es autor de La literatura boliviana, 1545-1916 (1917) y de la miscelánea Cuadros de dos mundos (1949)[1].

De entre su producción literaria, me interesa destacar ahora su composición «A don Miguel de Cervantes Saavedra. Su vida. Su obra. Su gloria». Se trata de un tríptico de sonetos que se publicó en La Razón de La Paz, el 12 de octubre de 1947, con ocasión del IV Centenario del nacimiento del escritor[2]. La primera de las tres composiciones es la dedicada a «Su vida»; los dos versos iniciales destacan la «existencia azacanada» de Cervantes y lo presentan «fuerte en la lucha, digno en el quebranto»; los doce restantes ponen de relieve sobre todo su heroica participación en la batalla de Lepanto (ocurrida el 7 de octubre de 1571):

Gran varón de existencia azacanada,
fuerte en la lucha, digno en el quebranto,
con Juan de Austria[3] te hallaste en la alborada[4]
de aquel rútilo[5] día de Lepanto,

cuando anunció victoria coronada
un torbellino azul todo hecho canto,
y el turco vio en pedazos a su armada,
y entre velas huyó lleno de espanto.

El arma del infiel te abrió en el pecho
dos heridas, cual fueran dos claveles,
y perdiste, «por honra del derecho»[6]

legado por el Cid[7], la izquierda mano;
con que ayudaste a sumergir bajeles
a don Juan, de la guerra el soberano.

Cervantes en Lepanto

El segundo soneto, «Su obra», lo evoca cautivo en Argel y en la cárcel de Sevilla («Hispalis», v. 6) y califica al Quijote, con expresión quiasmática, como «de ideal realismo unión sublime» (v. 9) y a don Quijote como «un loco que enseña y que redime» (v. 11):

De cada adversidad sacaste lumbre:
por un lustro en Argel hecho cautivo,
tus años, en olvido y pesadumbre,
en dramas resumió tu genio altivo[8].

Más tarde, celda, apenas con vislumbre[9],
de la cárcel de Hispalis[10]: terror vivo,
sima para otros; para ti fue cumbre
que te inspiró tu Hidalgo admirativo[11].

De ideal realismo unión sublime,
es tu novela que deleita al mundo
con un loco que enseña y que redime.

Vives tus seres, sus diversos modos:
eres Sancho, Ginés[12], tu vagabundo,
y de tu varia vida viven todos.

Cabe destacar además la idea de que la experiencia vital del autor alimenta a sus personajes (vv. 12-14).

En fin, el tercero, «Su gloria», califica la obra de Cervantes como «mirífica expresión del Siglo de Oro» (v. 2) y recuerda en los vv. 9-11 los dos principales vínculos cervantinos con Bolivia, a saber: las menciones del Potosí en el Quijote y la demanda del cargo de Corregidor de la Paz. Este es el texto:

Tu obra es alcázar de arte, dulce asilo,
mirífica[13] expresión del Siglo de Oro
que vierte al orbe en su faustoso[14] estilo
de nuestro dúctil léxico el tesoro.

Junto al sitial de Homero y el de Esquilo[15]
ves pueblos que te ensalzan, magno coro;
Bolivia, de sus montes por el filo,
te eleva en gratitud himno sonoro.

Que a Potosí das lustre veneciano[16]
y a La Paz un blasón en tu discreta
demanda por regir su pueblo ufano.

Tu alma sidérea claridad[17] expande:
¡Grande en medio los grandes cual poeta!
¡Entre los novelistas tú el más grande!…


[1] Una semblanza del autor puede verse en Luis R. Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia: su imperecedero legado. Con ilustraciones y semblanzas de los artistas y escritores que engalanan el presente compendio, La Paz, Correos de Bolivia / PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 189-195.

[2] Tomo el texto, con ligeros retoques en la puntuación, de Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, pp. 196-197, donde el título figura como «D. Miguel de Cervantes Saavedra» (sin la preposición A al comienzo).

[3] don Juan de Austria: el hermanastro de Felipe II, que comandaba la Liga Santa contra el turco.

[4] alborada: amanecer.

[5] rútilo: rutilante, brillante.

[6] Compárese Cervantes, Viaje del Parnaso, I, vv. 214-216: «Bien sé que en la naval, dura palestra, / perdiste el movimiento de la mano / izquierda, para gloria de la diestra». En efecto, en aquella batalla Cervantes recibió tres heridas de arcabuz, dos en el pecho y otro en la mano izquierda, que quedó inútil (en ello consistió la manquedad de Cervantes, no en que se la cortaran).

[7] La lucha contra el infiel (v. 9) equipara a Cervantes con el gran guerrero Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.

[8] en dramas resumió tu genio altivo: el cautiverio en Argel dejó honda huella en la producción cervantina, desde la historia intercalada del capitán cautivo en el Quijote hasta —a lo que se alude aquí específicamente— algunas de sus piezas teatrales —comedias de cautivos— como Los tratos de Argel, Los baños de Argel, La gran sultana y El gallardo español. Para el cautiverio de Cervantes en Argel y sus ecos en sus obras es esencial la monografía de María Antonia Garcés, Cervantes en Argel. Historia de un cautivo, Madrid, Gredos, 2005.

[9] apenas con vislumbre: oscura, con poca luz.

[10] Hispalis: sería más correcto «Híspalis» como antiguo nombre de la Sevilla de Hispania, pero ciertamente el ritmo del endecasílabo pide más bien la acentuación «Hispalis», que es la lectura que trae Quiroz y que mantengo.

[11] cumbre / que te inspiró tu Hidalgo admirativo: se hace eco aquí Abel Alarcón de la idea muy extendida de que el Quijote habría sido escrito en la Cárcel Real de Sevilla en 1597 (o en alguna otra prisión, como la de Castro del Río —Córdoba— en 1592), tomando en sentido literal lo que dice Cervantes en el prólogo de la Primera parte del Quijote: «¿Qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?». Ahora bien, engendrar no implica necesariamente ‘escribir, redactar’, sino que puede referirse a ‘imaginar, concebir en el pensamiento’.

[12] Ginés: alusión a Ginés de Pasamonte, el preso más peligroso de los que forman la cadena de galeotes (Quijote, I, 22).

[13] mirífica: admirable, maravillosa.

[14] faustoso: mantengo esta lectura (que recoge el DLE), sin que sea necesario enmendar a «fastuoso».

[15] Homero y Esquilo serían los modelos, respectivamente, de la narrativa (poesía épica) y el teatro.

[16] a Potosí das lustre Veneciano: Cervantes menciona dos veces Potosí en el Quijote; en la primera se trata de una referencia geográfica para connotar ‘lejanía’, en concreto las largas distancias que puede recorrer volando el caballo Clavileño: «De allí le ha sacado Malambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en sus viajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoy está aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí; y es lo bueno que el tal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras…» (II, 40); pero es la segunda la que aquí explica el sintagma lustre veneciano, cuando don Quijote se ofrece a pagar dinero por los azotes que Sancho debe darse para desencantar a Dulcinea» y equipara las minas de Potosí con el rico tesoro conservado en la basílica de San Marcos, capilla de los duces venecianos: «Si yo te hubiera de pagar, Sancho —respondió don Quijote—, conforme lo que merece la grandeza y calidad deste remedio [los tres y mil y trescientos azotes que debe darse «en ambas sus valientes posaderas» para desencantar a Dulcinea], el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el precio a cada azote» (II, 71).

[17] sidérea claridad: claridad sideral, como de estrella.

«Esta es la fiesta», de Rafael Ortiz González

Del político y poeta colombiano Rafael Ortiz González (San Andrés, 1911-Bogotá, 1990) ya hemos transcrito aquí alguna otra composición navideña, como su soneto «Jesús». Para esta mágica Noche de Reyes traigo este otro poema suyo, «Esta es la fiesta», también soneto, que evoca la jubilosa emoción de una noche como la del 5 de enero en la que muchos —sea cual sea la edad— volvemos a sentir la misma ilusión que sienten los niños. Cabe destacar, desde el punto de vista estructural, la construcción anafórica de la composición: las tres primeras estrofas repiten «Esta es la noche…», que en el segundo terceto figura con variatio, «Esta es la fiesta de la noche…».

Los Reyes Magos de Oriente

Esta es la noche blanca y misteriosa
de los azules y encantados trinos,
noche de los divinos peregrinos,
tras de la estrella errante y luminosa.

Esta es la noche de los rojos vinos
y de los panes blancos, la armoniosa
noche de los luceros cantarinos
y del padre, del niño y de la esposa.

Esta es la noche pura y amorosa
y fraterna, en la mesa deleitosa
del cordero y los vinos cristalinos.

Esta es la fiesta de la noche hermosa
y la fiesta del alba jubilosa,
de los sueños humanos y divinos…[1]


[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 329-330. Distribuyo los últimos seis versos (que en el original figuran juntos) como dos tercetos.

«La matanza de los inocentes», de Joaquín Antonio Peñalosa

La poesía navideña se hace eco también de la matanza de los Inocentes —la orden dada por Herodes I el Grande de ejecutar a los niños nacidos en Belén menores de dos años, tras verse engañado por los sabios de Oriente, quienes habían prometido regresar a su palacio para indicarle el lugar exacto del nacimiento de Jesús[1]—. Sin que sea un tema excesivamente prolífico, no está ausente ni en los autores de nuestro Siglo de Oro (véase, por ejemplo, la «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes» de Alonso de Bonilla), ni en poetas contemporáneos (remito a la «Nana en el día de los Inocentes» o al «Villancico cruel a un subnormal no nacido», composiciones ambas de Víctor Manuel Arbeloa). Se trata, en efecto, de un tema que permite actualizaciones de diverso signo, pues siempre han existido —y en nuestros días también siguen existiendo, y por desgracia seguirán existiendo siempre— crueles Herodes que decretan la muerte de otros Santos Inocentes.

Una de esas actualizaciones del tema clásico es la que ofrece el poema del sacerdote, escritor y académico mexicano Joaquín Antonio Peñalosa (San Luis Potosí, 1922-San Luis Potosí, 1999) «La matanza de los inocentes», cuyo sentido explicita Fernando Arredondo Ramón:

Normalmente este humorismo crítico [de Peñalosa] desaparece cuando se trata de alzar la voz contra la alteración del orden querido por Dios, que se manifiesta en el curso natural. La alteración artificial de ese curso natural, más aún si lo que lo motiva es la vanidad, el egoísmo o la codicia, activa en Joaquín Antonio una denuncia dura e incluso amarga y acusadora, como la de los profetas que apercibían al pueblo de Israel de su olvido de Dios. La primera vez que encontramos esta voz en su poética es en La cuarta hoja del trébol, que después pasará a formar parte de Un minuto de silencio, en el poema «La matanza de los inocentes», donde compara a quienes abortan y, por tanto, arrancan la vida antes de que la naturaleza lo establezca, con los que mataran a espada a los inocentes del Evangelio. Llama malditas a esas madres, por boca de las madres que perdieron a sus hijos en Belén. El tono de las increpaciones se entiende más aún sabiendo que Peñalosa tenía una especial debilidad por los niños desprotegidos, que le llevó a crear un orfanato[2].

Guido Reni, La matanza de los inocentes (1611). Bolonia, Pinacoteca Nazionalle.
Guido Reni, La matanza de los inocentes (1611). Bolonia, Pinacoteca Nazionalle.

El texto del poema (respetando su ausencia —no total— de puntuación) es como sigue:

Nos quedamos sin ojos
nos quedamos sin lágrimas
nos quedamos sin cara
la túnica rasgada por inútil
tibia todavía del sueño de los hijos
eran como higos de Jericó: su redondez y una gota de leche
los cortaron del tronco, fruta en agraz, desperdiciada
colgaban sus cabezas de pájaro, nerviosas, desplumadas
nos desgajaron, nos desollaron los huesos
nos rasparon la corteza
eran como reflejos nacidos de los mármoles
nos destruyeron como a Jerusalén, piedras de ruinas
ladrones de la especie, salteadores de bancos de sangre
dinastías a la mitad, estirpes dislocadas
lo que el amor edificó en nueve meses,
padre Abrán, noventa veces nueve derrumbado
las descendencias quedaron paralíticas
como los vientres
pobres perras judías aullamos por los cachorros
nos repegamos al muro
montón de noches, puñados de ceniza
cuando los soldados llegaron, ay
las cabezas de pájaro brincaban
nos podaron la raíz del llanto y del arrullo
queremos abrir la boca y bramamos
gargantas sin azúcar de tanto nido huérfano
estamos secas, cocidas a sal y sangre
cuando saltaban sus manos como granizos, secas
cisternas rotas, cedros astillados, secas
malditos los que cortáis las tribus
por espada por miedo por farmacias
si tenéis un hijo aborrecido, dádnoslo
paralítico retrasado mental o sordomudo
lo que vosotros llamáis una desgracia
dadnos esa desgracia
por las colinas aquella tarde los becerros bajaban
balaban a sus madres
nos quedamos sin ojos
nos quedamos sin lágrimas
nos quedamos sin cara[3].


[1] «Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: “Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen”» (Mateo, 2, 16-18).

[2] Fernando Arredondo Ramón, Joaquín Antonio Peñalosa en la tradición poética mexicana, tesis doctoral dirigida por Ángel Esteban del Campo, Granada, Universidad de Granada, 2014, pp. 293-294. En las pp. 294-295 reproduce el poema completo, con alguna ligera variante.

[3] Joaquín Antonio Peñalosa Santillán, Hermana poesía [Obra poética completa], ed. de David Ojeda, San Luis Potosí, Editorial Ponciano Arriaga, 1997, p. 119. Lo cito por Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 155-156.

«Niño Dios» de Alfonso Junco

El escritor, historiador y académico mexicano Alfonso Junco Voigt (Monterrey, 1896-México, D. F., 1974) publicó en vida los siguientes poemarios: Por la senda suave (1917), El alma estrella (1920), Posesión (1923), Florilegio eucarístico (1926) y La divina aventura (1938). Entre sus libros en prosa se cuentan, entre otros, estos títulos: Cristo (1931), Lope ecuménico (1935), La vida sencilla (1939), El difícil paraíso (1940), España en carne viva (1946), El gran teatro del mundo (1947), Un poeta en casa (1950), Los ojos viajeros (1951), Al amor de Sor Juana (1951), Othón en el recuerdo (1959) y Tiempo de alas (1973).

Niño Jesús con huipil

De entre su poesía de temática navideña cabe recordar algunos títulos como «Navidad cotidiana» o este sencillo romance de rima aguda en ó, que figura bajo el epígrafe «Niño Dios»:

Niño Dios que estás naciendo,
nace aquí en mi corazón,
y en tus hechizos anégame,
y hazme niño y hazme Dios.

Nochebuena, Nochebuena,
fragante de evocación:
¿qué efluvios de cosas idas,
qué perfume de candor,
qué melodías lejanas,
qué balbuciente emoción,
qué manso desasosiego,
qué frescura, qué claror,
qué cosa que no se puede
decir con precisa voz,
nos penetra y sobresalta
y acaricia el corazón?
¿Es un ansia de ser niños?
«Sed niños —dijo el Señor—
si queréis entrar al Reino»;
¡y Él se hizo niño por nos!
¡Y en su noche nos embriaga
un dulce afán de candor!…
¡Oh, qué anhelo de ser niño!
¡Hazme niño, Niño Dios!

«Sed perfectos cual mi Padre
Celestial», dijo tu voz,
y no fue estéril sarcasmo
sino fértil bendición.
«Vosotros también sois dioses»,
clamas. Y Pablo sintió:
«Vivo, pero ya no vivo:
que vive en mí Cristo Dios».
Porque tú nos alimentas
con un pan de exaltación,
que no se hace carne mía
como este pan inferior,
sino que mi carne absorbe
y la transfigura en Dios.
¡Dios quiero ser para amarte
con pleno pago de amor,
Dios por abarcar tu esencia,
Dios para obrar perfección,
Dios por ser uno contigo!…
¡Hazme Dios, oh, Niño Dios!…

Niño Dios que estás naciendo,
nace aquí en mi corazón,
y en tus hechizos anégame
y hazme niño y hazme Dios[1].


[1] Alfonso Junco, Poesía completa, México, D. F., Editorial JUS 1975, pp. 168-169. Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por la antología Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, pp. 101-102. Además, en el verso 20 prefiero editar «Él» con mayúscula; en los vv. 41 y 43 se lee «para», pero restituyo los «por» del original.

El «Soneto al Niño Dios» de Francisco Luis Bernárdez

Del poeta y diplomático argentino —hijo de padres españoles— Francisco Luis Bernárdez (Buenos Aires, 1900-Buenos Aires, 1978) ya queda recogido en este blog su «Soneto de la Encarnación» (y también algunas otras composiciones de temática no navideña, como su «Soneto de la Resurrección» o su «Soneto a Cervantes»). Graciela Maturo, a propósito del conjunto de la producción de Bernárdez, explica que

Su aventura poética es en el fondo de raíz mística, asentada en una natural disposición contemplativa, en una vocación musical y verbalizante y en una extraordinaria capacidad para intuir intelectivamente su propia experiencia. Se alían en su obra ese no saber que es propio del entendimiento místico con una plena y comprometida aceptación de la fe revelada y las más finas cuestiones del entendimiento teológico[1].

Niño Jesús llorando

El «Soneto al Niño Dios» pertenece a su poemario Cielo de tierra (Buenos Aires, Editorial Sur, 1937) y dice así:

Te llamé con la voz del sentimiento
antes de la primera desventura,
te busqué con la luz, aún oscura,
que despuntaba en el entendimiento.

Pero siempre, Señor, sin fundamento.
Pero nunca, Señor, con fe segura,
porque la luz aquella no era pura
y aquella voz se la llevaba el viento.

Fue necesario que muriera el día,
que viniera la noche, que callara
la voz y que cesara la alegría,

para que yo te descubriera, para
que la desolación del alma mía
en el llanto del Niño te encontrara[2].


[1] Graciela Maturo, «Francisco Luis Bernárdez, poeta de la noche y el alba», prólogo a Francisco Luis Bernárdez, Antología, Buenos Aires, Editorial Bonum / Secretaría de Cultura de la Nación, 1994, p. 11.

[2] Cito por Francisco Luis Bernárdez, Antología, selección y prólogo de Graciela Maturo, p. 84.

«Reproche y elegía en la muerte de don Quijote», de Julio Fausto Aguilera

Siguiendo con la serie de las recreaciones poéticas del inmortal personaje cervantino, traigo hoy al blog la composición «Reproche y elegía en la muerte de don Quijote», del guatemalteco Julio Fausto Aguilera (1928-2018), autor del que copio esta breve semblanza:

Nació en Jalapa el 8 de septiembre de 1928. Durante la época revolucionaria (1944-54) fue miembro fundador del grupo Saker-Ti. Tras la caída del presidente Jacobo Arbenz, el grupo se deshizo y Aguilera fue perseguido por la dictadura de Castillo Armas; permaneció escondido un tiempo hasta que decidió entregarse, siendo encarcelado durante cuatro meses. Aunque amenazado de muerte por la extrema derecha, nunca cejó en sus posturas e ideales. En 1968 se incorpora a «Nuevo Signo», movimiento literario renovador, cuyo objetivo era encontrar espacios para la proyección de la poesía en el ambiente de guerra interna que sufría el país, donde la publicación de libros resultaba muy difícil. Nuestro poeta vivió soltero hasta los 50 años, cuando conoció a Vidalia Quiñónez, fiel compañera hasta su fallecimiento en 1984. En el ocaso de su vida es relegado al olvido. […] La poesía de nuestro autor es sencilla, motivada por el amor a la patria, la preocupación por las gentes de su pueblo y la denuncia de la injusticia. En reconocimiento al valor de su vida y de su obra, se le han concedido diversos premios y homenajes, entre los que citaremos los siguientes: el Emeritíssimum de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala; el Quetzal de Oro de la APG, por su libro La patria; y el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias[1].

Entre sus poemarios se cuentan: Poemas mínimos (1959), Canto y mensaje. Poemas 1955-1959 (1960), 10 poemas fieles (1964), Mi buena amiga muerte y otros poemas vivos (1965), Poemas fidedignos (1967), Guatemala y otros poemas (1968), Poemas guatemaltecos, 1965-1968 (1969), 30 poemas cortos (1974), Antigua como la muerte: 1069-1975 (1975) o La patria es una casa: poemas (1983). Al año siguiente de la obtención del Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias (en 2002), se publicó una Selección poética de su obra. A su autoría se debe también una Antología de poetas revolucionarios de Guatemala (1973) y los libros Se llamaba y se llama revolución de octubre (1994) y Escritores de Guatemala (1998).

De su composición cabe de destacar el tono de reproche a Alonso Quijano «el menguado» por renunciar, en el momento de la muerte, a la heroica locura de don Quijote.

José López Tomás, La muerte de don Quijote (1926, título original: «En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño»). Museo de Bellas Artes de Valencia
José López Tomás, La muerte de don Quijote (1926, título original: «En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño»). Museo de Bellas Artes de Valencia.

El poema es como sigue:

¡Que miserable morir el tuyo!
Si supieras
cuánto te desprecio en este instante!
¿Por qué tenías que morir diciendo
«En los nidos de antaño
no hay pájaros hogaño,
yo fui loco y ya estoy cuerdo»[2]?
¿Por qué tenías que morir, Alonso
Quijano, el menguado,
escribiendo con tu última palabra
estos epitafios de escarnio
para lo que es razón y hermosura?
¡Don Quijote!
¡Mi don Quijote?!
¡Ah si murieras
de tristeza y derrota?
derrotado,
pero aún llamándote don Quijote,
amando a Dulcinea, la encantada,
y acariciando, en la empuñadura
de tu espada, tus pasadas hazañas
de amparador de los débiles
y desfacedor de entuertos?!
¡Don Quijote! ¡Mi don Quijote?![3]


[1] La tomo de Entre los poetas míos… Julio Fausto Aguilera, Colección Antológica de Poesía Social, vol. 68, Biblioteca Virtual Omegalfa, febrero de 2014, pp. 3-4.

[2] Comp. Quijote, II, 74: «—Señores —dijo don Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano».

[3] Entre los poetas míos… Julio Fausto Aguilera, p. 26. Reproduzco los signos de puntuación tal como figuran en el original. En el v. 18 añado tilde a «aun».

El «Soneto a Cervantes» de Francisco Luis Bernárdez

Por tratarse de un texto poco conocido, copiaré hoy este «Soneto a Cervantes» del poeta argentino Francisco Luis Bernárdez (Buenos Aires, 1900-Buenos Aires, 1978) perteneciente a su poemario El arca (Buenos Aires, Losada, 1953). Su calidad literaria no es excepcional, pero constituye un eslabón más de la larga cadena de evocaciones poéticas del autor del Quijote.

Estatua de Cervantes en la Plaza de Cervantes (Alcalá de Henares)
Estatua de Cervantes en la Plaza de Cervantes (Alcalá de Henares).

El poema dice así:

Ceñido por la luz de tu memoria
Y encerrado en la gracia de tu sueño,
Siento el vano rumor y el vano empeño
Del vano tiempo y de la vana historia.

Siento que la ilusión de que soy dueño
Se me vuelve más leve y transitoria,
Y que hasta el bien de la soñada gloria
Me parece más pobre y más pequeño.

Porque en la carne de tus criaturas
Y en la substancia de sus almas puras
Vivo despierto y como nunca estoy,

Viendo a partir de sus perfectas vidas
Las proporciones justas y escondidas
De lo que en ellas y con ellas soy[1].


[1] Lo cito por Francisco Luis Bernárdez, Antología, selección y prólogo de Graciela Maturo, Buenos Aires, Secretaría de Cultura de la Nación / Editorial Bonum, 1994, p. 284. Mantengo la mayúscula al comienzo de cada verso.

La «Oración para que no me olvides» de Óscar Castro

Óscar Castro Zúñiga (Rancagua, 1910-Santiago de Chile, 1947)​ fue, además de escritor, docente y periodista. En 1926 escribió sus primeros poemas, que aparecieron en las páginas de la revista Don Fausto, bajo el seudónimo de «Raúl Gris». En 1934, tras la disolución del Círculo de Periodistas de Rancagua, creo junto con Nicomedes Guzmán, Agustín Zumaeta Basalto y otros escritores y periodistas de la región, el grupo literario «Los Inútiles», que impulsaría numerosas actividades culturales en Rancagua.

Como poeta, Óscar Castro se inscribe en la corriente de los años 30 denominada «poesía de la claridad», tendencia literaria inspirada —en parte— en el romancero y cancionero tradicionales y en la obra de Federico García Lorca, que surge como respuesta al hermetismo y el subjetivismo de las vanguardias. Su producción poética está formada por los poemarios Camino en el alba (1937), Viaje del alba a la noche (1938), Las alas del fénix (1943), Reconquista del hombre (1944) y los libros póstumos Glosario gongorino (1948) y Rocío en el trébol (1950). Al género narrativo (cuentos y novelas) corresponden estos títulos: El caso imposible de Nicolás Roasenda (1939), Huellas en la tierra (1940) y La sombra de las cumbres (1947), a los que se suman póstumamente Llampo de sangre (1950), La vida simplemente (1951), Lina y su sombra (1965) y El valle de la montaña (1967). De tono autobiográfico es Comarca del jazmín (1945), libro en el que retrata su niñez y ofrece una visión lírica de Rancagua, su ciudad natal.

La poesía de Castro se caracteriza por el empleo de un lenguaje transparente, humano y melancólico, diáfano y lírico en sus metáforas, así como por el manejo de una métrica perfecta, mientras que en las obras narrativas su estilo es mucho más realista, cercano al criollismo en los cuentos, y más crudo y visceral en sus novelas. Esta es la valoración de su obra lírica que ofrece el portal Memoria Chilena:

La voz lírica de Óscar Castro es de una originalidad casi excéntrica dentro de la poesía chilena, que va desde una asimilación muy personal de Federico García Lorca y el cancionero tradicional, llevándolo a temas propios del campo y la provincia de la zona central chilena; así como una lírica de tono mayor, más profunda, que entronca con Walt Whitman y Luis de Góngora. A pesar de los disímiles poetas tutelares, en toda su poesía se mantiene, reconoce y evoluciona una voz personal y única, con el inconfundible sello de Óscar Castro: claridad, transparencia, humanismo, amor y erotismo, justicia social y un prolijo y cuidado manejo del lenguaje, de la palabra precisa, del adjetivo justo[1].

Óscar Castro. Mural en la Plaza de Armas de Requínoa (Chile).
Mural en la Plaza de Armas de Requínoa (Chile).

Una de las composiciones poéticas más conocidas de Óscar Castro es su «Oración para que no me olvides», que figura recogida en múltiples antologías y que ha sido musicada también en distintas ocasiones[2]. Es el segundo poema de la sección «Hora de la nostalgia» de su poemario Rocío en el trébol (1950) y dice así:

Yo me pondré a vivir en cada rosa
y en cada lirio que tus ojos miren
y en cada trino cantaré tu nombre
          para que no me olvides.

Si contemplas llorando las estrellas
y se te llena el alma de imposibles,
es que mi soledad viene a besarte
          para que no me olvides.

Yo pintaré de rosa el horizonte
y pintaré de azul los alelíes
y doraré de luna tus cabellos
          para que no me olvides.

Si dormida caminas dulcemente
por un mundo de diáfanos jardines,
piensa en mi corazón que por ti sueña,
          para que no me olvides.

Y si una tarde, en un altar lejano,
de otra mano cogida, te bendicen,
cuando te pongan el anillo de oro,
mi alma será una lágrima invisible
en los ojos de Cristo moribundo…
          ¡para que no me olvides![3]


[1] Ver <http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-764.html>.

[2] Dejo aquí tres versiones, la de Elio Roca, la de Arturo Gatica y la de Los 4 de Córdoba.

[3] Cito por Óscar Castro Z., Obra reunida. Poesía, vol. 2, [Rancagua], Fundación Óscar Castro / Consejo Nacional del Libro y la Lectura / Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, 2004, p. 95.